"Yo no lo hago porque no me gustaría que me lo hicieran", en eso se basa mi forma de querer al otro. Cuando me encapricho por algo que me molesta y quiero que deje de pasar, primero siento que ardo en llamas, me enojo; más tarde me entristezco y me dejo derrotar. Como siempre que me pongo mal o nerviosa por algo, a mi cuerpo lo atrapa una ola de frío que hace que tiemble y me castañeen los dientes. Al parecer no basta sólo con eso sino que también tiene que llegar ese revuelto en el estómago que se convierte en vacío y más tarde en revuelto nuevamente, así alternando entre ambos. ¿Qué hago? Me vuelvo distante, mando al frente a mi mejor actitud de niña e intento ser indiferente. Es el día de hoy que no sé cómo aún no me han mandado al carajo.
Pasan un par de minutos, vuelvo en sí y pienso con mayor claridad... ¡Qué estúpida! Empiezo a ser yo misma nuevamente, pido perdón, guardo bajo llave mi actitud de caprichosa y no permito que cosas tan insignificantes arruinen mi relación con el otro o mi forma de ser... De ser siempre feliz
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