15/06/2012

"Yo no lo hago porque no me gustaría que me lo hicieran", en eso se basa mi forma de querer al otro. Cuando me encapricho por algo que me molesta y quiero que deje de pasar, primero siento que ardo en llamas, me enojo; más tarde me entristezco y me dejo derrotar. Como siempre que me pongo mal o nerviosa por algo, a mi cuerpo lo atrapa una ola de frío que hace que tiemble y me castañeen los dientes. Al parecer no basta sólo con eso sino que también tiene que llegar ese revuelto en el estómago que se convierte en vacío y más tarde en revuelto nuevamente, así alternando entre ambos. ¿Qué hago? Me vuelvo distante, mando al frente a mi mejor actitud de niña e intento ser indiferente. Es el día de hoy que no sé cómo aún no me han mandado al carajo.
Pasan un par de minutos, vuelvo en sí y pienso con mayor claridad... ¡Qué estúpida! Empiezo a ser yo misma nuevamente, pido perdón, guardo bajo llave mi actitud de caprichosa y no permito que cosas tan insignificantes arruinen mi relación con el otro o mi forma de ser... De ser siempre feliz

No hay comentarios:

Publicar un comentario