Qué horrible que es ese momento en que estás en la clase, mirás el pizarrón y lo único que hacés es copiar por instinto, sin entender ni una octava parte de lo que te está explicando el profesor; se siente peor todavía cuando te da ejercicios, los anotás en el cuaderno, los mirás perpleja y no sabés qué hacer con ellos. Son días como estos en los que me pregunto, ¿realmente es la carrera para mi? ¿Me va a durar para siempre esto de oír al profesor sin escucharlo? Casi me largo a llorar cuando veía triángulos en el pizarrón y no entendía que era todo aquello. Días como hoy digo "no quiero estudiar más nada" y lo peor de todo es que si no es esto lo que va conmigo no es NADA, a lo sumo gimnasia, que no sería un trabajo, y canto, de lo cual odiaría impartir clases. Fue así el día hasta que llego la hora de perspectiva filosófico-didáctica, en donde la mayor parte del tiempo estuvimos hablando entre todos, y en la que me dieron mi primer "parcialito" de a dos... Un siete. Sonreí, agradecí a mi hiper habilidad de redactar sin faltas de ortografía y sin repetir palabras o expresiones, y me di cuenta de que lo único que necesitaba era un descanso de tanta materia práctica para volver a sentirme segura acerca de lo que estoy haciendo.
Son estupideces, si, pero son pequeños debates en mi mente (día a día uno distinto o el mismo amargándome toda una semana), los cuales si no se resuelven me ponen nerviosa, me cierran el estómago y me dificultan lucir esa sonrisa que llevo siempre con el propósito de lograr que el resto también sonría conmigo.
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