16/04/2012

Le dediqué tantos dramas a relaciones sin sentido, a sentimientos mal fundados y poco justificados. Lloré muchas veces creyendo que “lloraba por amor” siendo solamente una nena de menos de catorce años, sintiéndome de veinte y sufriendo sin necesidad ni gravedad. La gente se puede reír el tiempo que prefiera pero yo digo que la vida de una niña no siempre es alegre como la retrata la gente adulta; que, a pesar de que sea por hechos que en un futuro pasan a ser de poco valor, se sufre por cosas que en el momento nos duelen en ventrículos y aurículas. Siempre fui masoquista, siempre busqué que mi vida fuera brutal en mi contra para convertirme en la típica romántica de las novelas, ese personaje principal que se aísla y se condiciona a confinamiento solitario. Viendo pienso que siempre me gustó sufrir, aunque en realidad ese dolor viene por aquella necesidad mía de vivir en claridad, ese gusto por chocarme con las paredes rotuladas como “realidad” y no estar en esa estúpida burbuja en la que podría estar a salvo sin derramar una sola lágrima. Caminaba hasta chocarme, después de un tiempo de llorar a lágrima viva me dignaba a levantarme, dar dos pasos al costado y seguir camino hacia delante, para chocarme nuevamente una y otra vez. Aprendí que la gente va a regalarte sonrisas todo el tiempo porque la mayoría de ellos son falsos e infelices que esperan el momento en que la vida te juegue una mala pasada para darte la espalda y reírse de tus desgracias, que la mayoría es gente de poca monta que se regocija observando la desgracia ajena, que son seres repugnantes que se alimentan de odio pero nunca se sacian. Descubrí que la frase “a los amigos se los cuenta con los dedos de las manos” está errada, aunque se acerca bastante a la realidad. Entendí que a pesar de que la persona que más odio pueda tenerte te sonríe nunca tenés que darle la satisfacción de recibir una sonrisa como respuesta, no porque no se la merezca ni por orgullo, sino porque no hay que mostrar agrado hacia otra persona cuando no lo hay, y mucho menos mostrar esa asquerosa sonrisa soberbia de “mirame ser feliz mientras la pasas mal”. Sé que casi siempre va a existir quien quiera criticar mi forma de ser, mis gustos, mis pocos talentos, pero yo voy a ser feliz porque por más que doblegue, me agarre la típica ola de frío de cuando me pongo nerviosa y me castañeen los dientes, voy a ser conciente de que estoy siendo yo misma y voy a tomar las críticas por lo que sean, por absurdas o por constructivas.

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