11/04/2012
¿Cómo tuvo esa caradurez de invitarme a bailar el vals sabiendo que caminábamos hace semanas por la cuerda floja? No lo entiendo, después de haberme confesado que hacía tiempo se veía con otra pretende que una cámara de alta definición capte felicidad en una fotografía, sabiendo yo, sabiendo él, sabiendo todos que no existía tal felicidad entre nosotros para ese entonces. Al final de la novela me di cuenta de que me casé con el idiota al que lo único que le importa es quedar bien con la gente, poner guirnaldas en funerales para alegrar el ambiente. Algún día voy a poder explicarme, voy a comprender cuál fue la razón por la cual lo elegí para ser el hombre de mi vida, pero días como hoy en que recuerdo su hipocresía no tengo intención de pensar, no en eso, sino en el florero de la mesa principal que pude haberle partido por la cabeza en aquella fiesta al estúpido que me hizo creer que pasaría el resto de su vida alegrándome los días, que había encontrado el final de mis problemas y que iba a morir feliz a su lado. Siempre tuve el mal hábito de ser muy crédula...
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