Mi cuento en partes terminado

Camino descalza lentamente por algún tipo de prado viendo como mi cuerpo va siguiendo el ritmo con que mis pies se mueven involuntariamente. Sigo adelante llenándome de espinas, lastimándome, recordando gracias a ello que lamentablemente aún estoy viva y tengo que sufrir un día más, pero en este momento no me importa. Hay algo al final del camino, no sé qué es, qué forma tiene, su alto, su ancho, su contextura, qué tan suave será tocarlo tiernamente con la yema de los dedos, y por algún motivo que desconozco estoy segura de que vale la pena ir a buscarlo.
¿Por qué no vacilo, no miro atrás cada cinco minutos? Estoy asustada, no entiendo qué tiene de especial eso que me seduce desde lejos ni por qué estoy exigiendo tanto de mí misma para alcanzarlo. Creo que sólo sigo por instinto, porque la curiosidad siempre fue el móvil de mi vida incluso en momentos en que despertarse parecía mala idea. Ya estoy a pocos metros, la intriga me pesa toneladas y no sé cuánto más puedan aguantar mis piernas. Ahora no camino, corro. Estoy desesperada, sé que lo necesito, que es el salvavidas que anduve buscando desde que mis días perdieron color. Lo estoy alcanzando, después de desearlo tanto al fin estoy tan cerca que puedo percibir un aroma que me atonta, pero eso no es lo que me interesa, no recorrí hasta el cansancio este largo camino solamente para conservar en mi memoria un olor. Es él, está acá enfrente mío, lo logré… ¿Lo hice? Puedo sentirte, puedo acariciar tu mano, tus brazos. Sos mío, tan mío que la demencia me agobia, me río a los gritos y mi eco me taladra los tímpanos. Recorrí con mi vista ya todo tu cuerpo, de abajo hacia arriba te voy explorando, no muy detalladamente quizás porque tengo miedo de que antes de terminar de hacerlo te desvanezcas, sé que tarde o temprano lo harás. Cuando por fin alzo la vista con la intención de mirarte a la cara sólo consigo ver tu pelo, el que aún no toqué pero estoy convencida de que cuando lo haga va a ser para mí la gloria. Ahora entiendo, estás junto a mi oído susurrando cosas que no logro descifrar por la emoción que me embarga. No sé a qué tema está orientado aquello que estás comunicándome pero no quiero oírlo. Me cansé de las explicaciones, me cansé de las despedidas, me cansé de las palabras porque al fin y al cabo el tiempo las arrasa. Lo sé yo más que nadie porque soy la que dijo “te amo” muchas veces creyendo de vez en cuando que de verdad lo sentía, recibiendo como respuesta un “yo también” con carácter de eternidad que no llegó a durar más que unos meses, que era sólo para contentarme y disfrutar del momento, aquel del cual “pensar” no formaba parte.
Cierro los ojos y me hundo en tu abrazo, en esta fantasía que tanto me tranquiliza, tanto me llena el alma. A estas alturas no se ve tan mal eso de vivir entre sueños, entre mentiras, porque duelen menos y hacen tan feliz con tan poco… Pero no, no quiero encontrarle el gustito a la huída hacia lo irreal, hacia aquello que hace entrar a mi mente en un estado de sueño tranquilizador. ¿Qué hago yo pensando? Me dejo, voy a dejarme llevar. Estoy harta de abrir los ojos y encontrarme con la depresión acurrucada en mi pecho, durmiendo impasible esperando a que despierte para seguir con mi tortura. Estás… No, no estás, te esfumás de a poco y empiezo a arrepentirme de no haber escuchado tu voz cuando con ella reclamabas mi atención.
Quisiera poder ser de aquellas chicas que me dan pena, sólo por este momento, de esas que imploran casi de rodillas “no te vayas, quedate conmigo, dame otra oportunidad, voy a cambiar” pero, ¿qué garantía tengo yo de que puedo ser lo mejor para él? Por algo se pierde su figura ante mis ojos, tiene sus motivos para estar yéndose o al menos debería.
Y así, de repente, sentí como si alguien desde el principio de mi recorrido jalara de una cuerda que anduve llevando sin darme cuenta hasta el final. Empecé a ver todo alejarse con una velocidad tan impresionante que no me dolió tanto el saber que una vez más todo se me caía a pedazos. 
Desperté y ahora siento todo aquello que quise evitar pesando más que nunca sobre mis hombros; estupendo, va a ser otro día más en que voy a tener que lidiar con esos gritos de dolor constantes que de a poco me martillan la cabeza.

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