Me dirigiste un par de palabras, me tomaste de los talones y me hiciste tocar suelo de nuevo. Terminaste dibujando en mi rostro una parábola de concavidad positiva que se me grabó durante toda la semana. Es increíble como sin usar palabras inundadas de significado o profundidad me devolvés a mi estado natural, a ese en el que sonrío, soy feliz y no siento necesidad de pensar en cosas que todavía no ocurren y que, tal vez, ni siquiera sucedan tarde o temprano. Me hacía falta ese leve golpe de realidad para reencontrarme con esa nena que se preocupa sólo lo justo, esa que llevo dentro y que a veces, sin previo aviso, desaparece por un par de días haciendo que, en consecuencia, caiga de cara al piso y de lleno en un pesimismo que me angustia, me pone nerviosa y me consume el cuerpo.

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