Llorar y llorar más, empezar a temblar como siempre que algo me pone mal, tener ganas de no verte ni en fotos, seguir derramando lágrimas tiritando como si estuviera en modo vibrador. No querer escucharte, no querer escucharlos y prohibirme escucharme ya que no estoy pensando claramente. Sentir al fin esas seductoras ganas de acostarme a dormir y regar un poco la almohada antes de hacerlo.
Despertar la mañana siguiente con ganas de no estar en casa, pasar una tarde espectacular y tener que volver al estado de tristeza del día anterior para afrontar el problema. Escucharte explicándome las cosas en voz bajita porque estás mal, cuestionarte y aclararme dudas. Llorar un rato y mientras tanto abrazarte bien fuerte pidiéndote que no volvamos a estar en una situación de mierda como esa. Darte besos y ver tu miedo a devolvérmelos porque hacía unos minutos te pedí que dejaras de acariciarme la mano. Sonreírte y dejar atrás la tristeza hablándote de cosas poco serias. Sellar el cofre donde guardamos ese mal recuerdo con un abrazo bien fuerte y un par de besos lentos. Es tan lindo arreglar las cosas, dejar de tener el clásico nudo en el estómago que no me deja comer y verte sonreír de nuevo; es tan lindo que estemos bien.
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