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Escuchar acerca del sábado a la noche me pone los pelos de punta, hace que flexione las piernas y las abrace con fuerza mientras me sujeto una mano con la otra, cierro los ojos e intento pensar en algo más, algo alejado, algo distinto, algo teñido de esa alegría a la que estoy tan acostumbrada. Tengo miedo, cada día más miedo de verme obligada a dejar todo o de que alguien más esté obligado a hacerlo. Odio mi forma de esquivar los temas que no me gustan dentro de mi cabeza, odio ese bloqueo autoimpuesto que nació a raíz de ignorar mis celos, el que últimamente me está haciendo pensar que vivo en una burbuja blindada y me hace caer en la ignorancia de creer que el tiempo no es dinámico, que las cosas no cambian, que lo que me hace feliz va a existir hasta que deje de vivir.


...Y sin embargo tengo siempre una sonrisa grabada en el rostro, no de esas para complacer o hacer feliz al resto, sino una que de verdad expresa como me siento. Será que, a pesar de todo, disfrutar cada momento sigue siendo una prioridad que supera mis miedos, mi paranoia y mis celos, porque ya tuve suficiente tiempo de tristeza hace un par de años, con causa pero, aún así, sin sentido. 

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