Le tengo tanto miedo a los trenes que siempre que está la barrera baja intento quedarme atrás de todas las barandas, en la parte que sería la vereda.
Siempre que camino por la calle me miro en las vidrieras que hacen reflejo; miro como me queda el pantalón con el calzado y como tengo el pelo, pero sobre todo me fijo si el pantalón hace que mi cintura se vea más grande.
El día que descubrí que siempre voy por la calle con la misma cara de pocos amigos empecé a mover los labios casi constantemente o tocarme la cara cada vez que camino sola.
A pesar de que lo intente no puedo resistir el impulso de morderme por dentro las mejillas, y este último tiempo tengo el mismo problema con los labios. Es inconciente, es como si tuviera la mente en blanco y de pronto me doy cuenta de que me estoy triturando la boca.
Me gusta caminar pisando las hojas secas, por eso camino chueco y hasta a veces pego saltos para que cruja más fuerte.
Nunca le saco las manos de encima a mi mochila cuando estoy fuera de mi casa y camino mirando hacia atrás para ver quien o quienes van detrás de mí.
Me pongo estúpida cuando veo un bebé, le sonrío hasta que me devuelva esa sonrisa; si no lo hace me frustro, y si lo hace me sonrojo y empiezo a reírme.
La mayoría de las veces siento más gusto por las canciones con letra triste que por aquellas que demuestran felicidad inmensa, incluso en muchas oportunidades plasmé en redes sociales diversas fragmentos de las primeras nombradas y la gente me preguntó si me pasaba algo, si estaba triste. ¡No gente! Simplemente me gusta como suena la canción y como se expresa su autor.
Me pongo nerviosa, me tiemblan las piernas y se agita mi respiración cuando me cruzo con determinadas personas, incluso en un cumpleaños se me revolvió el estómago por esto y no pude ni probar las pizzas.
Camino mirando el piso, lo que es raro ya que soy bajita y debería ser al revés, pero me molesta cuando el sol me pega en los ojos y más todavía tener que entrecerrarlos para anular a medias su efecto enceguecedor.
Me gusta escribir; cuando estoy feliz mis textos son una porquería a menos que imagine una realidad ajena a la mía, y cuando estoy triste mi inspiración llena mi mente hasta el punto de sentir que mi cabeza va a explotar (este texto es un perfecto ejemplo de lo primero).
Odio cruzarme gente conocida que no veo hace mucho porque esto me obliga a hablarle de algo y muchas veces no sé de qué.
Siempre dejo todo sin terminar, es más, muchas veces para estudiar dejé cosas sin leer y sin embargo aprobé (Cupertino es mi santo preferido).
A veces me molesta hablarle a la gente de algo importante, serio, y que en medio de la charla enganchen veinte chistes, ¿qué es lo peor? Que yo hago exactamente lo mismo para alivianarle las cosas al otro.
Trato a la gente como me gustaría que me traten, aunque sólo lo hago con quienes se muestran amigables conmigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario